¿Crisis? El capital ya está creando la próxima burbuja

 

 el capital crea próxima burbuja

El Empire Estate Building de Nueva York (381 metros de altura) se inició en 1929, en el momento culminante de una burbuja que ligó para siempre la palabra crash (o crac, si se prefiere) con aquel fatídico año. El edificio más alto del mundo, el Burj Khalifa (828 metros), situado en Dubai (Emiratos Árabes Unidos), fue inaugurado a principios de 2010, tan solo unos meses después de que el emirato encogiera el corazón del mundo financiero con la amenaza de suspensión de pagos de uno de los hólding estatales y tuviera que ser rescatado por Abu Dhabi. China, inmersa en una enorme burbuja inmobiliaria que ya veremos cómo termina, podría ser el próximo techo del mundo, si el sueño de Sky City (el edificio de más de 830 metros que quiere construir BSB en siete meses a base de piezas prefabricadas) recibe finalmente autorización.

Los cuatro edificios más altos de España, que se elevan en los terrenos de la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid, fueron inaugurados entre finales de 2007 y finales de 2009, cuando reventaban los cimientos sobre los que se había levantado la economía de este país. Uno de ellos, el del agujero en la parte superior (no les digo más), es de Bankia, aunque se lo ha alquilado a Cepsa como vía para recuperar parte de los 815 millones de euros que pagó Caja Madrid a Repsol por la torre en julio de 2007. (¡Ay, Blesa, qué buenos Ratos jugando a los banqueros!)

El capital es una plaga que viaja libre por el mundo buscando su próxima víctima y la conquista de metros cuadrados ganados al cielo en los albores de las crisis curiosamente ha dejado unos cuantos recordatorios de desastres en el skyline del mundo. Hay otros muchos tipos de burbuja que no son inmobiliarias (estas, de hecho, suelen ir acompañadas de burbujas de acciones y de euforias psicológicas en la economía que, durante un tiempo, mejoran la coyuntura real incrementando el consumo) y otros muchos males que no son burbujas y que derivan del mismo problema: la falta de controles al capital.

“Finanzas Ponzi, cartas en cadena, burbujas, esquemas piramidales, finanzas y manías son términos que de algún modo se solapan y que sirven para designar patrones de comportamiento financiero no sostenibles, en el sentido de que los precios de los activos hoy en día no son consistentes con los precios de los activos en un futuro lejano”.

Los motivos pueden ser falsas expectativas creadas por la euforia general, que se contagia rápidamente de la creencia de que el valor de algo seguirá subiendo, como por simples fraudes o engaños en la información dada al mercado. Así lo explica Manías, pánicos y cracs, la obra a la que dedico hoy El domingo libro, un catálogo de enfermedades del capital que van desde los tulipanes de Holanda a las burbujas inmobiliarias de EEUU, Islandia o España, pasando por el escándalo de Enron, Worldcom, o el esquema piramidal de Bernard L. Madoff. El penúltimo capítulo podría llamarse Gowex. El último seguro que ya está escribiéndose.

Pese a las claras diferencias entre unos y otros casos, parece que es posible encontrar un denominador común en las manías del sistema económico imperante en el mundo: el crédito fácil y los productos más o menos sofisticados que han ido surgiendo para ampliar la capacidad de captar financiación. Mientras en España, en Grecia y Portugal los ciudadanos purgan los excesos del dinero barato venido de fuera que apostó a cebar sus economías, el capital ya está en otro punto del planeta engendrando nuevas burbujas.

El capitalismo no lucha contra los ciclos, vive de ellos. Manías, pánicos y cracs: Historia de las crisis financieras de Charles P. Kindleberger y Robert Z. Aliber, publicada en España por Ariel, es un largo viaje por los tsunamis desatados por el mundo financiero, especialmente rápidos y virulentos desde la década de los setenta. El motivo de mi elección es por una parte que, en este Viejo Continente, pese a estar sufriendo aún las consecuencias de la última sacudida de los viajes del capital, se nos ha advertido ya de nuevos riesgos derivados de que los grandes dueños del dinero no saben dónde apostarlo para seguir preñando su bolsa de riqueza.

Así lo ha hecho Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), que ve riesgo de burbujas en las deudas públicas porque el mercado está volviendo a abandonar la cautela en busca de rentabilidad. Y lo ha dicho por ejemplo el FMI, que cree como muchos otros que asistimos a una nueva burbuja inmobiliaria en el Reino Unido, al que ya le estalló el mercado de la vivienda en 2008 y ahora se apresura a tomar medidas por si tienen razón los que dicen que les ha vuelto a pasar. También lo dicen los índices bursátiles mundiales, coqueteando con niveles récord pase lo que pase en Irak o en los países emergentes.

LOS OTROS CULPABLES DE GOWEX

El segundo motivo de mi elección de hoy está en las portadas de los periódicos desde hace unos días, cuando una firma de análisis desconocida y con nombre de cómic sacaba las vergüenzas que ni auditores ni reguladores habían detectado de una empresa cotizada: el escándalo de las mentiras de Gowex, reconocidas esta pasada madrugada por su fundador y ya ex consejero delegado, Jenaro García, y la presentación de concurso de acreedores.

Manías, pánicos y cracs dedica un capítulo a Bernie Madoff, que ha pasado a la historia por ser hasta la fecha el hombre que gestó el esquema Ponzi (o estafa piramidal) más grande de la historia de América, y a toda una serie de fraudes y estafas nacidas en los mercados, como el escándalo Enron. Sobre Madoff dice:

“En el momento de su colapso en diciembre de 2008, se informó de que el pasivo ascendía a entre 50.000 a 64.000 millones de dólares, aunque las estimaciones más recientes sugieren que las pérdidas se situarán probablemente entre los 20.000 y 25.000 millones”.

Sobre Enron recuerda paso a paso cómo empezaron los arreglos financieros, como las mayores tasas de beneficio de Enron, engordadas artificialmente con supuestos beneficios futuros, hacía crecer el valor de la acción, lo que incrementaba el valor de las opciones en manos de los ejecutivos de la compañía y con ello su riqueza.

Es en este capítulo donde se apunta con el dedo a los vigilantes del mercado. Los auditores, los reguladores, los inventores de los productos que escondían la bomba, los que no avisaron de lo que había en Gowex ni detectaron lo que pasaba en Enron y también los que estaban en el centro de la trampa vendiendo como activos de alta calidad inversiones que sabían abocadas al desastre y contra las que ellos mismos apostaban.

“Goldman Sachs debía haber informado a algunos de los compradores de los títulos relacionados con las hipotecas en 2006 y 2007 que las sugerencias para el diseño de estos títulos procedía de la empresa que quería venderlos, o se consideraba que los compradores estaban suficientemente informados para concluir que alguien podía creer que los precios de esos bonos podían declinar? (…) Las grandes empresas de auditoría se establecieron para proteger a los inversores de los recuentos erróneos en el número de alubias y garbanzos que informaban las corporaciones; las auditoras están ahí para verificar la cuenta de las alubias”.

El colapso de Enron provocó la desaparición de Arthur Andersen, su auditor, acusada incluso de destruir documentos después de que la SEC hubiera iniciado su investigación sobre las finanzas de la compañía energética.

Muchas grandes estafas se descubren durante las crisis, porque al final la falta de liquidez acaba demostrando que es verdad lo que dice Buffet, eso de que cuando baja la marea se ve quién nada desnudo.

BURBUJAS SIMULTÁNEAS y CONSECUTIVAS

El libro de Kindleberger, publicado por primera vez en 1992 pero actualizado y ampliado con lo ocurrido en el mundo tras la quiebra de Lehman (con el autor ya fallecido) explica la “volatilidad sin precedentes” sufrida por el precio de los productos básicos, las divisas, los bienes raíces y las acciones en los últimos 40 años y que, en opinión de los autores, derivó en burbujas tanto simultáneas como consecutivas que son cualquier cosa menos casualidad. Es un viaje turístico por las latitudes elegidas por el capital y abandonadas a su suerte en cuanto el exceso derivó en catástrofe. El fenómeno no es nuevo pero ha perfeccionado su capacidad de salir huyendo y buscar nuevo destino. El libro habla también de burbujas lejanas en el tiempo como la de los tulipanes en Holanda en el otoño de 1636, cuando el precio de los bulbos aumentó varios centenares de veces, con interesantes detalles como el número de vacas, el trigo o las viviendas que se cambiaban por un bulbo plantado bajo la tierra que nadie podía ver.

El libro está plagado de extraordinarias historias, pero resulta especialmente interesante para lo que ocurre en nuestros días que relaciona entre sí cuatro oleadas relativamente recientes que se han producido a ritmo de los movimientos internacionales del capital: la que afectó a México, Brasil, Argentina y otra decena de países en vías de desarrollo en la década de los ochenta, cuando se vieron incapaces de atender a los 800.000 millones de dólares en préstamos recibidos del exterior; la de Japón, Finlandia, Noruega y Suecia a principio de los años noventa; la oleada de crisis sufrida en Tailandia, Malasia e Indonesia desde 1997, contagiada posteriormente a Corea del Sur, Rusia, Brasil y Argentina; y finalmente la que derivó en el hundimiento del mercado inmobiliario en Estados Unidos, Reino Unido, Irlanda, Islandia y España desde 2007, con su segunda fase reflejada en la caída del precio de los bonos de Grecia, Portugal y España a partir de 2010. Cada nueva oleada, cada nueva crisis, responde a un cambio de destino en los flujos transfronterizos del dinero. 

Manías, pánicos y cracs adopta las teorías de Hyman Minsky, el economista estadounidense que basó una de sus principales hipótesis en el hecho de que el sistema financiero en una economía de mercado es inestable, frágil y propenso a las crisis. Según Minsky:

“Los cambios en la oferta del crédito son procíclicos. Aumentan cuando la economía está en auge y disminuyen durante la desaceleración”.

¿Les suena? ¿Con qué facilidad se otorgaban créditos en España, sin atender a una mínima medición de los riesgos, hasta que la crisis en EEUU cerró el grifo del dinero que venía de fuera? Luego vino lo de la demanda que no era solvente y todo eso.

Al margen de esta obviedad, Minsky explicó que las burbujas que terminan derivando en una crisis empiezan con algún impacto exógeno, un evento que sacude el sistema macroeconómico. En Japón en los ochenta fue la liberalización financiera que permitió a los bancos aumentar sus préstamos inmobiliarios, un hecho que se cerró con la limitación precisamente del crédito que podía concederse a la actividad inmobiliaria, lo que reventó la burbuja nipona aunque, como explica el libro, cualquier otro acontecimiento habría tenido el mismo efecto tarde o temprano. En los países nórdicos también fue la liberalización financiera, en concreto permitir a los bancos locales endeudarse en el mercado exterior, lo que desembocó en su crisis particular.

EL CASO DE ISLANDIA

Islandia, un pequeño país de 300.000 habitantes, merece una atención especial en el libro de Kindleberger porque los precios del mercado inmobiliario residencial se duplicaron entre 2002 y 2007 y los de las acciones se multiplicaron por nueve. ¿Cuándo empezó su burbuja, cuál fue su particular evento? Cuando en 1998, el Gobierno de entonces decidió privatizar los bancos del país, proceso que se completó en 2002.

“En algún momento los empresarios, dueños de los bancos islandeses, tomaron la iniciativa y comenzaron a pedir prestado a los bancos internacionales. El dinero se prestó en su mayoría a empresarios islandeses, que compraron empresas y bancos en Reino Unido y otros países. Las sucursales en el exterior de los bancos islandeses captaron numerosos depósitos y parte de ese dinero se usó para pagar los intereses de la deuda privada de Islandia. Mientras esto ocurría, en los círculos financieros se hablaba de que Reikiavik se convertiría en el nuevo centro financiero internacional como Suiza, Hong Kong y Luxemburgo. Lehman quebró en septiembre de 2008, los bancos islandeses dejaron de obtener préstamos del exterior, dejaron de tener acceso al dinero que pagaba los intereses de la deuda. Los bancos quebraron y pasaron a manos del gobierno islandés”.

BURBUJA ESPAÑOLA

En España, ya saben, nos metimos en el euro y eso puso la mirada del capital de los fondos y bancos del norte de Europa en nuestro país. Y la apuesta no fue por la industria española, se fijó en el negocio inmobiliario, en el suelo y el ladrillo. El número de viviendas iniciadas cada año y la inversión exterior en el país son dos indicadores de lo que ocurrió tras adoptar la moneda única.

Burbuja3

La obra lo deja claro.

“No puede haber una burbuja inmobiliaria sin el rápido crecimiento del crédito”.

Sin embargo, aunque los ejemplos demuestren esta realidad una y otra vez:

“La paradoja es que el papel de la inestabilidad del crédito comenzó a ser relegado a un segundo plano desde la Gran Depresión de los años treinta”.

Y quizás lo más inquietante. La solución. El libro se pregunta por los riesgos de que “los inversores sepan de antemano que en caso de debacle obtendrán el apoyo gubernamental”. Que conozcan que se orquestarán rescates generosos “cuando los precios de los activos caigan drásticamente”. Esto, lejos de frenar nuevas burbujas, avanza la obra, hará que “tal vez los mercados caerán con más frecuencia porque los inversores serán menos cautelosos” apostando por bienes y valores.