Bajas por enfermedad marca Hacendado (II) y un nuevo roto para desviar dinero público

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Parece que fue ayer cuando inauguraba la sección El domingo libro con Historia de un éxito: Mercadona, de Javier Alfonso (Conecta, 2014). Ya tenemos el visto bueno del consejo de ministros para que la norma que motivó aquel artículo, la que dará más poder a las empresas para decidir sobre el estado de salud de sus trabajadores, sea definitivamente aprobada por las Cortes Generales. Muy bien, Juan Roig, qué ojo tuviste al incluir en tu plantilla un centenar de médicos que son el primer filtro para asegurarse de que un trabajador está lo suficientemente enfermo. Y qué ojo ligar a tu grupo, entre proveedores de refrescos y cremas, una mutua que pueda decir mejor que el médico de la sanidad pública si tus empleados ya están en condiciones de volver al tajo. Y qué gran idea fusionarla con la de Santander, BBVA, Iberdrola y Unión Fenosa por eso tan excitante de las sinergias.

Vuelvo hoy a recomendar el libro de Alfonso y a destacar las informaciones que recoge sobre los empleados del gigante valenciano porque demuestran que las grandes empresas como Mercadona ya tenían poder suficiente para lograr que alguien aún convaleciente se reincorpore al puesto de trabajo. Roig, y quien dice Roig dice los empresarios, querían más. Fátima Báñez, la mujer dispuesta a lograr que nuestra vida laboral sea toda una aventura, se lo da.

Y eso no es todo. Además de que ahora los médicos contratados por los empresarios sean quienes digan si nos encontramos bien o mal, la ministra de Trabajo ha cumplido su promesa de abrir la puerta a que las mutuas se apunten a facturarnos servicios sanitarios con cargo al cajón de los impuestos. Con la nueva normativa, los centros de las mutuas podrán ser utilizados por los Servicios Públicos de Salud. Ya sabemos la cantidad de vías que se han abierto para derivar pacientes de la sanidad pública a la sanidad privada, usando incluso el servicio de cita telefónica para favorecer a esta última.

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Patronal española: mano dura con el trabajador, guante de seda con el pufo empresarial

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Ya estamos en 2014. Cómo pasa el tiempo. Este año hay elecciones en la patronal de patronales y me han dado ganas de echar la vista atrás y, de paso, dedicar la sección El domingo libro a la obra que escribió Juan Rosell pocos meses antes de convertirse en presidente de CEOE. Título: ¿Y después de la CRISIS, QUÉ?, publicado por Deusto a principios de 2010. El libro es un recetario neoliberal asentado en esas afirmaciones como que facilitar el despido genera empleo estable (ya lo hemos visto), o la pretendida lucha contra la temporalidad en los contratos a base de abaratar las indemnizaciones de los empleados con contratos indefinidos, una estrategia que ha terminado favoreciendo un cambio lingüístico. Ahora llamamos indefinido a un contrato en el que te despiden sin indemnización durante el primer año. Volviendo al autor, pasaron unas cuantas cosas el año de publicación del libro en la patronal y han pasado otras muchas después que dan ganas de preguntar a Rosell ¿y después de la crisis, la calidad del empleo, qué?; ¿y después de la crisis, la Seguridad Social, qué? y también ¿y después de la crisis, la patronal, qué?

Respuestas a las dos primeras preguntas aparecen detalladas en Crisis, S.A.: El saqueo neoliberal, en los bolsillos de los trabajadores, en las estadísticas del INE. Hoy me pregunto sobre todo por la segunda, aunque el final lo dedico a algunas perlas del libro de Rosell. ¿De dónde viene esta patronal? Hagamos flash-back.

4 de octubre de 2010. Gerardo Díaz Ferrán preside la CEOE. Sus pufos, desvelados uno detrás de otro por esa fantástica periodista que es Susana Rodríguez Arenes, han ido estallando y hacen insostenible su situación al frente del lobby de los empresarios. Casi nadie se atreve, sin embargo, a plantearle a la cara lo que es un clamor en los pasillos de la patronal: que se tiene que ir. La asociación empresarial ha pedido por activa y pasiva facilidad para despedir empleados y, sin embargo, tiembla como una hoja para echar de sus filas al que merecería una despedida procedente: su presidente. Las imágenes de cientos de clientes de Air Comet incapaces de llegar a sus destinos en Navidad, los miles de empleados de la aerolínea y de Marsans que se han quedado sin empleo y sin sus últimas nóminas, las decenas de proveedores a los que no se han abonado sus deudas, incluida la Seguridad Social, y el cierre de empresas, no han logrado que Díaz Ferrán se plantee por sí solo dar el paso. Se lo han puesto fácil.

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¿Crisis? El capital ya está creando la próxima burbuja

 

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El Empire Estate Building de Nueva York (381 metros de altura) se inició en 1929, en el momento culminante de una burbuja que ligó para siempre la palabra crash (o crac, si se prefiere) con aquel fatídico año. El edificio más alto del mundo, el Burj Khalifa (828 metros), situado en Dubai (Emiratos Árabes Unidos), fue inaugurado a principios de 2010, tan solo unos meses después de que el emirato encogiera el corazón del mundo financiero con la amenaza de suspensión de pagos de uno de los hólding estatales y tuviera que ser rescatado por Abu Dhabi. China, inmersa en una enorme burbuja inmobiliaria que ya veremos cómo termina, podría ser el próximo techo del mundo, si el sueño de Sky City (el edificio de más de 830 metros que quiere construir BSB en siete meses a base de piezas prefabricadas) recibe finalmente autorización.

Los cuatro edificios más altos de España, que se elevan en los terrenos de la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid, fueron inaugurados entre finales de 2007 y finales de 2009, cuando reventaban los cimientos sobre los que se había levantado la economía de este país. Uno de ellos, el del agujero en la parte superior (no les digo más), es de Bankia, aunque se lo ha alquilado a Cepsa como vía para recuperar parte de los 815 millones de euros que pagó Caja Madrid a Repsol por la torre en julio de 2007. (¡Ay, Blesa, qué buenos Ratos jugando a los banqueros!)

El capital es una plaga que viaja libre por el mundo buscando su próxima víctima y la conquista de metros cuadrados ganados al cielo en los albores de las crisis curiosamente ha dejado unos cuantos recordatorios de desastres en el skyline del mundo. Hay otros muchos tipos de burbuja que no son inmobiliarias (estas, de hecho, suelen ir acompañadas de burbujas de acciones y de euforias psicológicas en la economía que, durante un tiempo, mejoran la coyuntura real incrementando el consumo) y otros muchos males que no son burbujas y que derivan del mismo problema: la falta de controles al capital.

“Finanzas Ponzi, cartas en cadena, burbujas, esquemas piramidales, finanzas y manías son términos que de algún modo se solapan y que sirven para designar patrones de comportamiento financiero no sostenibles, en el sentido de que los precios de los activos hoy en día no son consistentes con los precios de los activos en un futuro lejano”.

Los motivos pueden ser falsas expectativas creadas por la euforia general, que se contagia rápidamente de la creencia de que el valor de algo seguirá subiendo, como por simples fraudes o engaños en la información dada al mercado. Así lo explica Manías, pánicos y cracs, la obra a la que dedico hoy El domingo libro, un catálogo de enfermedades del capital que van desde los tulipanes de Holanda a las burbujas inmobiliarias de EEUU, Islandia o España, pasando por el escándalo de Enron, Worldcom, o el esquema piramidal de Bernard L. Madoff. El penúltimo capítulo podría llamarse Gowex. El último seguro que ya está escribiéndose.

Pese a las claras diferencias entre unos y otros casos, parece que es posible encontrar un denominador común en las manías del sistema económico imperante en el mundo: el crédito fácil y los productos más o menos sofisticados que han ido surgiendo para ampliar la capacidad de captar financiación. Mientras en España, en Grecia y Portugal los ciudadanos purgan los excesos del dinero barato venido de fuera que apostó a cebar sus economías, el capital ya está en otro punto del planeta engendrando nuevas burbujas.

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