La reforma laboral del Partido Popular es esa ley que apareció un día en el BOE con la intención, decía el preámbulo, de crear un marco legal “que facilite la creación de puestos de trabajo, así como la estabilidad en el empleo que necesita nuestro país”. De las promesas a los hechos, lo que tenemos hoy, cuando desde el Gobierno cantan a coro que están muy contentos de que por fin este año se va a crear empleo neto, es un país en el que uno de cada cuatro contratos que se firma dura menos de una semana. Así lo demuestran las cifras de los informes mensuales de enero a mayo del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), adscrito al Ministerio de Empleo que dirige Fátima Báñez, agregadas en el cuadro superior.

Esto no es temporalidad es la constatación de que este país se ha convertido en un lugar donde hacer un plan de vida es algo imposible en cada vez más casos. De los 7.840.735 contratos que se firmaron en los seis primeros meses de 2014, el 24,59% (1.928.044 contratos) tenía una duración inferior a siete días. Si se quiere medir la eficacia de esta ley en función de lo que se prometió públicamente, el Gobierno tiene complicado afirmar que ha creado un marco legal que dé estabilidad al empleo. Si se suman los contratos con una duración igual o inferior a un mes, el porcentaje sobre el total se dispara hasta el 37,8%.

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Nos dijeron que hacía falta una devaluación interna, una rebaja de salarios que abaratase los productos y nos permitiera vender más en el exterior. La pertenencia al euro nos impedía realizar una devaluación de la moneda que hiciese realidad esa ecuación de un día para otro y dijeron que era el bolsillo del trabajador el que tenía que sacrificarse. Nadie habló de buscar fórmulas para reducir los costes energéticos para, de esta forma, hacer más competitivos nuestros productos. Nadie se refirió a los márgenes empresariales.

Los sindicatos aceptaron la propuesta con sendos acuerdos de contención salarial que sí llevaban aparejadas una serie de condiciones para que todos arrimasen el hombro. A las pocas semanas de firmar el segundo de esos acuerdos, allá por febrero de 2012, el Partido Popular, con mayoría absoluta en el Gobierno, impuso la “reforma del mercado laboral extremadamente agresiva, con mucha flexibilidad en la negociación colectiva y reducción de la indemnización por despido” que el ministro de Economía, Luis de Guindos, había prometido al comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn. Lo supimos no porque se lo anunciase a la nación de la que cobra, sino porque captó la conversación una cámara de televisión antes de que diera comienzo una reunión del Eurogrupo.

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rosellindefinidos

Ya estamos en 2014. Cómo pasa el tiempo. Este año hay elecciones en la patronal de patronales y me han dado ganas de echar la vista atrás y, de paso, dedicar la sección El domingo libro a la obra que escribió Juan Rosell pocos meses antes de convertirse en presidente de CEOE. Título: ¿Y después de la CRISIS, QUÉ?, publicado por Deusto a principios de 2010. El libro es un recetario neoliberal asentado en esas afirmaciones como que facilitar el despido genera empleo estable (ya lo hemos visto), o la pretendida lucha contra la temporalidad en los contratos a base de abaratar las indemnizaciones de los empleados con contratos indefinidos, una estrategia que ha terminado favoreciendo un cambio lingüístico. Ahora llamamos indefinido a un contrato en el que te despiden sin indemnización durante el primer año. Volviendo al autor, pasaron unas cuantas cosas el año de publicación del libro en la patronal y han pasado otras muchas después que dan ganas de preguntar a Rosell ¿y después de la crisis, la calidad del empleo, qué?; ¿y después de la crisis, la Seguridad Social, qué? y también ¿y después de la crisis, la patronal, qué?

Respuestas a las dos primeras preguntas aparecen detalladas en Crisis, S.A.: El saqueo neoliberal, en los bolsillos de los trabajadores, en las estadísticas del INE. Hoy me pregunto sobre todo por la segunda, aunque el final lo dedico a algunas perlas del libro de Rosell. ¿De dónde viene esta patronal? Hagamos flash-back.

4 de octubre de 2010. Gerardo Díaz Ferrán preside la CEOE. Sus pufos, desvelados uno detrás de otro por esa fantástica periodista que es Susana Rodríguez Arenes, han ido estallando y hacen insostenible su situación al frente del lobby de los empresarios. Casi nadie se atreve, sin embargo, a plantearle a la cara lo que es un clamor en los pasillos de la patronal: que se tiene que ir. La asociación empresarial ha pedido por activa y pasiva facilidad para despedir empleados y, sin embargo, tiembla como una hoja para echar de sus filas al que merecería una despedida procedente: su presidente. Las imágenes de cientos de clientes de Air Comet incapaces de llegar a sus destinos en Navidad, los miles de empleados de la aerolínea y de Marsans que se han quedado sin empleo y sin sus últimas nóminas, las decenas de proveedores a los que no se han abonado sus deudas, incluida la Seguridad Social, y el cierre de empresas, no han logrado que Díaz Ferrán se plantee por sí solo dar el paso. Se lo han puesto fácil.

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