Hoy me he despertado radical

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– Hoy me he despertado radical.

– Me dejas de piedra.

– No sé qué me pasa. Me he preparado el zumo de naranja, he puesto la radio, he encendido la tele, le he quitado la voz, he mirado entre legañas los titulares de la prensa bipartidista (sigo mirándola primero) y luego otros medios que se han ido haciendo habituales a fuerza de buen trabajo y me he mandado a la ducha a ver si se me pasaba. Y no.

Se confirma. Estoy aquí sentada y sin embargo soy parte de esa inmensa periferia ciudadana a la que quieren poner el sello de peligro. Esta semana estará en las librerías Crisis S.A.: El saqueo neoliberal, el libro que he escrito para la colección A fondo de la editorial Akal que es sin duda la prueba definitiva de lo radical que me he vuelto. Me he pasado tres meses encajonada entre el Excel, informes de fiscalización de tribunales de cuentas, presupuestos y hemeroteca, a riesgo de perder mi torneada figura y sustituirla por un cuerpo de silla, y las conclusiones a las que he llegado no dan ni para el léxico de las buenas formas. Señoras, señores, nos han timado.

El cambio ha sido largo pero el triunfo es de ellos: un trasvase de riqueza en toda regla. De lo que formaba parte del salario, a los beneficios empresariales; del esquema fiscal basado en la redistribución, al café para todos de los impuestos indirectos (con el IVA como máximo exponente); del fondo común para sufragar el Estado de bienestar, a una recaudación hipotecada para rescatar las aventuras de alto voltaje del capital; de los derechos sociales pagados a través del erario público, a repagar por los mismos servicios en beneficio, cada vez más, de una iniciativa privada elegida a dedo; de la burbuja inmobiliaria que nadie veía, al desahucio de familias con deuda pendiente de una vivienda que se volverá a vender más cara cuando cambie el ciclo.

Lo que intuíamos desde hace tiempo, confirmado por datos, fechas, cartas desatendidas, manipulaciones toscas. Qué largo camino han andado mientras el desempleo, al que contribuían, y cifras inasibles como la prima de riesgo nos paralizaban. En agosto de 2007, con la moqueta aún sin poner, cables colgando del techo y olor a nuevo, los jefes del diario Público, que saldría a los quioscos meses después, improvisaban una primera reunión de redacción con el director, Ignacio Escolar, en medio de las mesas de los redactores, la mayoría aún sin ordenador. La palabra subprime empezaba a llenar titulares y conversaciones y Escolar preguntó a los responsables de la sección Dinero, que era como se llamaba Economía, cuánto podía durar lo que estaba pasando. Fernando Saiz, jefe de Dinero y una de las personas más brillantes con las que he trabajado, contestó tranquilo: “Es imposible saberlo”. Fue la primera vez que me recorrió un escalofrío pensando que, aquello que sonaba aún lejano, podía acabar cerrando el círculo a nuestro alrededor.  Saiz tenía razón. No podíamos ni imaginar lo que vendría después.

Cuando en febrero de 2011, ya con la doctrina de la austeridad sobre nosotros, se presentó el Consejo para la Competitividad, integrado por las mayores empresas españolas, pregunté en la rueda de prensa si en su teórica intención de susurrar al Gobierno soluciones a la crisis incluían dejar de presentar gravosos ERE de miles de empleados pese a estar en beneficios récord, como Telefónica; si iban a dejar de prestar acciones de fondos de inversión y planes de pensiones para que fueran usadas contra los ahorros de los propietarios de dichas acciones sin su conocimiento (operativa conocida como operaciones cortas por la que estamos aún pendientes de saber qué pasó con las apuestas que reconoció y luego negó Deutsche Bank contra entidades españolas) o buscar métodos para reducir la factura de la luz para hacer a las empresas españolas más competitivas frente a las de otros países. Me contestaron que no era el momento de hablar de propuestas concretas. Desde luego no era el lugar. Esas cosas se hacen en Moncloa, a puerta cerrada, donde todo el mundo hable el mismo idioma, donde no haya voces discordantes a la hora de plantear una reforma laboral que pulverice los derechos de los trabajadores.

He escrito (yo y mi álter ego Ana Flores) sobre eso que hemos llamado crisis como si fuera algo que se atraviesa y se deja atrás. Tanto en Público (mientras nos lo permitieron los intereses de Jaume Roures) como en otros medios, desde Cuarto Poder o Forbes (no distingo cabeceras cuando escribo). He intentado aprender, comprender y explicar los giros de la economía, el funcionamiento de los mercados y las decisiones macro, leyendo y preguntando a mucha gente de la que sabe. Mi conclusión no es otra que el asombro por la facilidad con la que nos han cambiado las condiciones en las que vivíamos a base de un bombardeo sistemático de mensajes de alarma y una amenaza que es un cañón en la sien de las clases bajas pero también medias, aunque tengan más colchón: el riesgo a perder el empleo. Hoy empiezo este blog con la misma intención con la que empecé y cerré el libro: salir del ruido.