¿Quién ha mordido mis impuestos? (Scary movie)

 

La deuda pública de España superó en junio el billón de euros. Cuatro años de austeridad después, necesitaríamos dedicar prácticamente todo lo que producimos en bienes y servicios en un año para saldar lo que debe la Administración Central, las Comunidades Autónomas y los ayuntamientos. En contra de la lógica en la que nos han estado adoctrinando, a pesar de semejante losa, es ahora cuando eso que llaman los mercados nos muestra más confianza, nos da financiación a un interés más bajo y ya no hay que pasarse el día mirando la prima. Cuánto durará la calma, nadie lo sabe. Sí que si se despierta la bestia, por unas elecciones que no sean de su gusto, por una enfermedad que se atreva a atacar la economía y no solo a personas, por un cisne negro que ni siquiera intuimos hoy, con semejante volumen de deuda la carga de los intereses se va a hacer insoportable para un país que camina sobre un alambre y ha puesto sus esperanzas en cómo le vaya en el exterior (exportaciones) y por el exterior (turismo).

Que la prima baje hace a nuestro Gobierno felicitarse por haberse gastado 14.000 millones de euros menos de lo previsto en los Presupuestos de 2013 y 2014 (sumando ambos ejercicios), quitando el foco de una terrorífica realidad: no hay ejercicio en el que los intereses de la deuda bajen ya del entorno de los 30.000 millones de euros, el doble de lo que se presupuestó en 2007 (15.925 millones) y por encima de lo que se destina a prestaciones por desempleo.

(NOTA: En 2013 y 2014, se han eliminado de los intereses de la deuda las cantidades que el Gobierno ha dicho que nos hemos ahorrado por la caída de la prima. Para que no digan que sumamos de más.)

En total, entre 2008 y 2015 se habrán pagado 200.000 millones solo de la deuda de la Administración central, a los que habría que sumar los intereses pagados por las comunidades autónomas (destino ahora de unos impuestos que antes se dedicaban al Estado del Bienestar) y los ayuntamientos. Entre los principales beneficiarios de este gigantesco rescate encubierto está la propia banca española que sirvió de canal a los euros llovidos desde fuera cuando tocaba cebar la burbuja y que tanta rentabilidad sacó por ello. 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Hay deudas legítimas y otras que no lo son tanto? O más importante, ¿es posible distinguirlas y separarlas? El que compra un bono del Tesoro público español no puede saber si el dinero que está prestando va a ir a pagar prestaciones por desempleo, pensiones, la factura cuya cuantía nadie controló del programa en RTVV del entrenador personal de Aznar o el agujero de una caja de ahorros. Han echado todo al mismo saco hasta hacer que la deuda pública española pase de los 383.798 millones de euros que suponía a finales de 2007 a superar el billón de euros en la actualidad.

Eso es lo que permite hablar de los graves riesgos que supone el impago, la dificultad de separar ahora el grano de la paja. Al menos, como poco para que no se olvide si es que hemos renunciado a exigir responsabilidades, sí debemos distinguir los diferentes orígenes de lo que adeudamos. Una vez formada y reventada la burbuja, cuyos responsables darían para una serie de siete temporadas de videodatos, hay una parte de la deuda generada difícilmente evitable. Las crisis, sobre todo las que afectan a la principal actividad de una economía y al empleo, provocan una brusca caída de ingresos y un fuerte aumento del gasto público. Se pagan menos impuestos y paralelamente se activan los colchones de protección, con su principal exponente en las prestaciones por desempleo. Unido al creciente gasto en pensiones por el envejecimiento de la población, esta situación ya puede por sí sola generar déficit (más gastos que ingresos) y por tanto hacer que sea necesario pedir dinero prestado (deuda). Ese déficit, sin embargo, pudo haberse mitigado, haciendo planes de estímulo con cabeza y no la locura del Plan E, que desperdigó dinero sin control por la geografía española; aplicándose a controlar lo que estaba ocurriendo con los impuestos (el de Sociedades se desplomó ya en 2008, cuando gravaba el beneficio récord de 2007) e instando a la autoridad monetaria europea a impedir el juego que se practicó con la deuda pública, que a punto estuvo de tumbar el euro hasta que Draghi demostró que era posible frenar la escalada.

Si el primer Plan E fue del Gobierno del PSOE, el segundo fue del PP. ¿Qué son el Plan de Pago a Proveedores y el Fondo de Liquidez Autonómica sino un gigantesco Plan E en diferido en el que, habiendo una parte sin duda considerable de gasto legítimo, otra buena parte procedía de las prácticas sin control de los años de las vacas locas (porque ya no hay quien las llame vacas gordas)? No solo no se aprovechó el proceso para limpiar los cargos sospechosos, se permitió incluir facturas sin contabilizar dejando a CCAA y ayuntamientos seguir sumando al debe común la factura de su fiesta.

En realidad es bastante lógico que hoy todo parezca un remanso de paz en el mercado. El Estado es una inmensa máquina de recaudar impuestos y por ello un lugar relativamente seguro en el que poner el dinero a buen recaudo cuando las apuestas de alto riesgo fallan y a la banca le sobra liquidez gracias a que el BCE solo pasa por ella cuando se pone a crear euros como hizo con las subastas a tres años a la banca. La historia contará cómo Europa, al ver a su banca podrida de activos tóxicos, quebrada por cebar burbujas desde Dubai a la periferia de la eurozona durante casi una década, diseñó una cura basada en el dinero público.